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25 abr. 2011

EDUARDO PUNSET Y SU PROGRAMA "REDES"

-TVE NOS DESCUBRE EL ESLABÓN PERDIDO EN LA CADENA DE TRANSMISIÓN DE LA CREDULIDAD-

"Redes" es un espacio autocalificado como de "divulgación científica", que se emite la madrugada de los domingos dentro de la "programación cultural" del segundo canal de TVE, la televisión pública española. Su estructura principal consta de reportajes propios, entrevistas, noticiario y un coloquio.

Para situar a "Redes" digamos en primer lugar que no es lo que en terminología escéptica se puede calificar como "magufo". Es decir, ni el presentador es un profesional de la pseudociencia ni el contenido responde habitualmente a los temas preferidos del mundo paranormal. Antes al contrario, el espacio parece querer moverse en el terreno científico, y lo hace en algunas ocasiones, pero lamentablemente todo queda ridiculizado cuando a Eduardo Punset le da por fabricar unos cuantos programas un poco "alternativos". En este sentido, fue sonado el día en que -a estas alturas del fraude- no tuvo reparo en servir de selecta publicidad a Uri Geller, aunque la lista de disparates es muy larga: medicinas alternativas, fluidos cósmicos universales, científicos que utilizan la mecánica cuántica para sus impresentables rapsodias metafísicas, etc.

No sabemos si es la propia ignorancia de nuestro protagonista la que motiva esta situación, o quizá alguna estrategia relacionada con los niveles de audiencia (lo que demostraría también su incapacidad para realizar una atrayente divulgación científica). El hecho es que en el producto final encontramos una alternancia de estilo muy posmoderno. De la presencia de científicos divulgando correctamente sus disciplinas pasamos alegremente al tratamiento pseudocientífico que realizan con cierta frecuencia tanto el director como los entrevistados e invitados, sean o no científicos. El propio carácter científico que pretende el programa adopta en estas circunstancias una fascinación ingenua del tipo: "La ciencia adelanta que es una barbaridad". Pero el enfoque absolutamente acrítico trata de ocultarse, se esconde bajo la coartada de introducir flecos del discurso antiprogreso, de ciertas dosis de pseudociencia, estableciendo una solución redonda: planteamientos espirituales, místicos o pseudocientíficos como único modo de contrarrestar la amoralidad de la ciencia.

Toda esta bazofia ideológica, además de sutilmente excluyente, constituye una eficaz especialización y estratificación de la credulidad, que utiliza la televisión pública y sus programas más prestigiosos (en tanto que reserva de la "programación cultural") para introducir y validar premisas que anulan la capacidad crítica ante la pseudociencia de unas franjas sociales que resultan capitales (aquellas masas de personas que cuentan con un nivel medio o alto de instrucción y que demandan divulgación científica).
La cuestión que nos podemos plantear en ARP-SAPC (Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico) es hasta qué punto la sociedad española asimila estos postulados con total naturalidad, y correlativamente, cuál es la posición y líneas de actuación de las organizaciones escépticas.

Para relacionar ambos aspectos es necesario tener presente en qué estrato de la credulidad nos encontramos. Evidentemente, no hablamos del descarado negocio del esoterismo, de los videntes de turno o de las revistas especializadas. Ni siquiera hablamos de los que dentro de ese ámbito poseen mayor destreza para el fraude. No hablamos de "profesionales del sector", sino de quienes, por convicción, ignorancia o ausencia de escrúpulos, opinan que eso de divulgar con seriedad la ciencia es imposible, es poco rentable o incompatible con el gran público (debe ser que nunca disfrutaron, por ejemplo, de la serie "Cosmos" de Carl Sagan). Para estos personajes, entre los que se encuentra Eduardo Punset, la única manera de divulgar es alejarse de las posturas críticas y racionales y anular cualquier exigencia científica, realizando un producto más "atrayente" en el que se incluyan con mayor o menor frecuencia graves desatinos bajo el manto de "preocupaciones espirituales".

¿Cuál debe ser la postura de las asociaciones escépticas ante programas como "Redes"?
No hay que olvidar que estas asociaciones surgen ante una situación desesperada de extensión de todo tipo de esoterismo y pseudociencia, en unos niveles y con unas consecuencias sociales que piden una respuesta ciudadana. Pero la grave situación que mueve los resortes de la movilización, conlleva también problemas para afinar el diagnóstico del problema. Existe unanimidad en la crítica de las manifestaciones más palmarias de irracionalidad y de fraude paranormal, aunque no hay manera de alcanzarla en fenómenos asociados o en supuestos de apariencia más inofensiva.

Una buena parte de los escépticos asociados creemos que la única forma de combatir la pseudociencia es desde la coherencia y desde el rechazo de actitudes irracionales y crédulas, con la defensa de la racionalidad científica como única manera de afrontar los interrogantes del conocimiento humano. Creemos que el fomento de hábitos críticos y racionales debe acompañar necesariamente a la refutación puntual de aquellas supuestas manifestaciones de lo paranormal. A raíz de este planteamiento es frecuente controversia en estas organizaciones cuál deba ser la postura ante la mística, existiendo quien contempla una pacífica convivencia entre ciencia y religión y defiende la posibilidad de una opción fideísta que no se inmiscuya en realidades falsables. Esto, evidentemente, no sólo debería afectar a la religión, sino a cualquier filosofía, creencia o pseudociencia que se mueva en realidades inidentificables e infalsables. Las consecuencias de esa indiferencia en un terreno tan amplio y tan conectado con los fraudes paranormales se derivan de la propia consideración de las creencias infalsables, que no son más que el núcleo que fundamenta y justifica cualquier pseudociencia y sus eventuales incursiones en terrenos que sí son fiscalizables científicamente. Aunque pueda parecer algo alejado de la crítica a Punset, considero que este análisis tiene también importantes consecuencias en aquellos ámbitos de pésima divulgación científica, “ciencia alternativa”, “ciencia sin prejuicios” o “ciencia posmoderna”.

El tema de fondo es, en mi opinión, que la pseudociencia, su supervivencia, difusión y aceptación en la sociedad, no depende tanto de las refutaciones puntuales que se hagan de sus innumerables manifestaciones, sino de cuáles son las visiones del mundo que esa sociedad acepta con total naturalidad y de la ausencia de hábitos de crítica racional. Si la sociedad acepta mayoritariamente premisas propias del pensamiento mágico y supersticioso, en forma más o menos difusa a través de una concepción mítico-religiosa del mundo, y las asociaciones escépticas permanecen indiferentes mientras no se hagan afirmaciones falsables, la tarea que se proponen es inabordable por incoherente. Constituir la estrategia fundamental discriminando el carácter falsable supone renunciar a la crítica del fundamento gnoseológico que nutre a las pseudociencias y a las religiones, y por tanto el efecto sobre ellas será mínimo, porque subsistirán bien resguardadas en su inmenso terreno infalsable, en el que sin ningún rubor realizan afirmaciones con pretensiones de referirse a realidades objetivas, sin cumplir los principios metodológicos que exigimos a las afirmaciones científicas.

¿Cómo, desde una perspectiva racionalista y crítica, nos va a resultar indiferente que sin ninguna evidencia se defienda el dualismo materia-espíritu, se crea en la existencia de una realidad inmaterial, en la inmortalidad, en otro mundo después de la muerte, etc., como hace habitualmente Punset en su programa? Y la cuestión, reitero, no es que este tipo de afirmaciones sean ajenas a la ciencia, sino su inevitable colisión, en un proceso en el que los conocimientos científicos aumentan y las alternativas pseudocientíficas se van replegando según diversas estrategias (reelaboración, huida hacia el lenguaje simbólico, etc.). ¿Cómo vamos a desmontar la creencia en milagros, en poderes paranormales, si no emitimos una opinión respecto de su fundamento último, que no es más que la visión mitológico-religiosa del mundo y su hábito asociado de realizar afirmaciones trascendentes sin la más mínima evidencia?
"Redes" es el prototipo de programa que, sirviéndose a veces de legitimaciones como la de los magisterios separados, y otras entrando de lleno en la pseudociencia, se mueve en un terreno intermedio entre la divulgación científica y el sutil fomento del pensamiento mítico y la superstición.

El pasado veintiuno de enero, por ejemplo, asistimos al contubernio de Fernando Sánchez Dragó y Eduardo Punset, las dos grandes lumbreras de la programación "cultural" del segundo canal de TVE, que hicieron sus programas al alimón. En "Redes" pudo verse la utilidad de la doctrina de los magisterios separados para introducir multitud de tesis y planteamientos plenamente "magufos". Comenzó con la entrevista a un monje budista que utilizó, cómo no, el original y agudo discurso de la imposibilidad de la ciencia para responder a todas las preguntas y de dar sentido a la vida del hombre.
¿Por qué nuestros criterios para valorar el conocimiento varían y los tenemos que relajar ante la religión y mantenerlos vigentes en la ciencia? ¿Por qué, dado que la ciencia no llega todavía a determinados asuntos, reservamos esa parcela para que sea la religión la que diga sobre esos asuntos aquello que le venga en gana sin exigirle los requisitos de objetividad que sí exigimos a la ciencia, si ambas ostentan las mismas pretensiones de referirse a realidades objetivas y se mueven en el terreno del conocimiento humano? ¿Por qué el sentido último, el esquema de finalidad de la vida y el comportamiento humanos, sólo lo pueden aportar las creencias indemostrables que se presentan como objetivas? ¿Por qué no reconocemos nuestra ignorancia más allá de los actuales límites del conocimiento científico, en vez de tratar de suplirla equivocadamente con viejas herencias metafísicas y teológicas?

En aquella edición del programa "Redes" el grado de indigencia intelectual fue asombroso y, como era de esperar, las divagaciones de Fernando Sánchez Dragó estuvieron a la altura de su habitual zafiedad lírica. Rechazó lo que él llamó el aspecto exotérico de las religiones, su dimensión histórica y los textos revelados, pero proclamó su creencia en realidades trascendentes (vida después de la muerte, etc.) por vías esotéricas o místicas. Afirmó estrambóticamente, con la tranquilidad que da la ignorancia, que sólo creía en lo que verificaba, concibiendo por verificación la experiencia. El problema es que se olvida de que esta experiencia debe ser contrastable y no es suficiente con la experiencia puramente personal, inefable o sin validez intersubjetiva. Fue muy curiosa su aportación a la crisis de las "vacas locas", citando a Fernando Arrabal, o relacionando la enfermedad con la torre de Babel y la pérdida de la telepatía humana, que explicó, fuera ya del mito, por la actual "comprobación científica de la telepatía animal". Eduard Punset también apoyó sus intervenciones citando a "grandes sabios" (p. ej.: Pániker) y los dos, en un gran orgasmo "magufo", financiado por todos nosotros, vibraron con sus inigualables hipótesis delirantes y ponzoñosas.

La lección para los escépticos no es baladí. La contemporización con la pseudociencia tiene un anclaje fundamental en los hábitos irracionales a los que deja vía libre la concepción de los magisterios separados. El terreno diferenciado que se confiere a la religión o a las interpretaciones espirituales u ocultas de la realidad, las legitima como modo alternativo y pertinente de conocimiento para los interrogantes que la ciencia aún no ha desvelado. Por tanto, el papanatismo hacia los mitos orientales tan propio de los protagonistas de este artículo no debe ocultar su origen y comunión con los principios de la catequesis más pueril, a saber, la falta de armonía entre el hombre y el progreso, la necesidad de sentido vital a través de la trascendencia, la frialdad de la ciencia, etc., patéticas soflamas que pretenden torcer la lógica y conducir los anhelos existenciales del ser humano a una acrítica e inmadura solución espiritualista.

Artículo escrito en 2002 por Javier Torres, miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

6 bramidos

JFDP13 bramó... 25/4/11 18:33

Primero Ihhani, luego Luis Alfonso Gámez, y ahora esto... ¡Cuanto más conozco a ese colectivo autoproclamado "escépticos" más gracia me hacen!

Galbix bramó... 25/4/11 19:01

De semejante tocho infumable acabas de sacarte una entrada. Más tarde volveré a leerlo.

P.D: ¿Un poco viejo esto, no? Aunque no sabia que Redes llevaba tantos años en antena...

JFDP13 bramó... 25/4/11 19:48

¿Mmm? ¿Qué quieres decir con tu primera frase? ¿Qué te parece mal lo que he hecho o qué? No entiendo :V

Y sí, así de años lleva Redes en antena. ¿No te acuerdas que lo comentó Xabi una vez? Creo que eran 15 años o más.

Galbix bramó... 25/4/11 20:54

Me refiero a que dado el estilo grandilocuente del amigo Javier Torres y la longitud del texto, la lectura se hace totalmente cuesta arriba (cuando debería ser al contrario, en los textos argumentativos se trata de que los demás entiendan tus puntos de vista). Por otro lado, creo que se reitera demasiado en una serie de ideas que por otra parte no termina de afirmar tajantemente. Es como un "quiero tachar a alguien de algo, pero me quedo en el si-pero-no".

JFDP13 bramó... 25/4/11 21:51

Este y muchos otros se olvidan de que los textos se escriben para que los lean otros.

|X| bramó... 26/4/11 0:55

A falta de leermelo entero:
es un recurso muy utilizado: escribir de forma ultra-hiper-mega culta pero ininteligible. Esto último no debe faltar, ya que entonces su proposito no es logrado (y yo opino que que se puede escribir de manera correcta y culta siendo comprensible). Es ua forma de adquirir superioridad, aunque sea al nivel de lo dicho, no personal (que también puede ser). Simple y llanamente, pensad en como le responderíais. Tened claro que no conseguiríais una respuesta correcta, o por lo menos que abarcase el contenido completo del texto. Es inevitable sentirse inferior ante tal despliege de cualidades linguísticas, aunque desde el punto de vista de la comunicación este texto sea algo tirando a inútil. Se podría decir que te restriega por la cara que aún hablando tu idioma, puede escribir de manera que no le entiendas, como si estubiera codificado para intelectos superiores. Y quizás el detalle más importante: esta aptitud va de la mano de perpetuar esta diferencia entre intelectos superiores e inferiores. "Los grandioso científicos son gente superior a nosotros, no los podemos alcanzar. Tendremos que conformarnos con nuestros conocimientos pseudocientíficos o por debajo..." ¿Comprendéis esto último? ¿Creeis que escribiendo textos como este pueden conseguir que la gente sea coherente, abandone falsas creencias para abrazar la verdad demostrada de la ciencia? Escribir no hace más que perpetuar esta diferencia entre los que saben y los que no. Y quizás es algo que Punset les saca de ventaja (repito, a falta de leerme el texto entero): que dirige sus mensajes a una mayoría, mientras que ellos se los dirijen entre ellos.